Luego del furor generado por la destacada participación argentina en el mundial femenino de Francia, algo quedó claro: Estefanía Banini no es Lionel Messi y Vanina Correa tampoco es Franco Armani. Lejos de hacer una aclaración antipática, la idea es delimitar realidades.
Es verdad que el protagonismo de ambas posiciones es indiscutido, pero también es cierto que hay una necesidad forzada para destacar un funcionamiento femenino citando a jugadores masculinos. La intención es insuficiente para evitar caer la comparación.
Al igual que lo sucedido en la mayoría de las canchas, las jugadoras tienen cánticos de hinchada y hasta albúm de figuritas propio. Las chicas, que lograron reemplazar el papel digno por el de destacado, entendieron que la Copa Mundial Femenina Francia 2019 era una oportunidad para reivindicar todo un proceso que se viene llevando a cabo desde hace tiempo. Esta vez no se taparon los oídos como en Chile el año pasado, pero hablaron con los pies y dijeron así hasta donde están dispuestas a llegar.
En la octava edición del torneo de la FIFA, y si bien no es el mundial de la equidad al que las mujeres aspiran, aparece un paralelismo legítimo que busca igualar las cuestiones que el sistema de género discrimina. Todavía queda un largo camino, ya que si bien este año se duplicó el premio respecto al de la última edición y se repartirán 30.000.000 de pesos, el Mundial masculino de Rusia repartió más de 400.000.000.